El desafío de una política ambiental sostenible

Extracto documento Un Nuevo Pacto Social para Chile (págs. 34 a 36).

La protección del medio ambiente y la necesidad de alcanzar un desarrollo sustentable (en el sentido que el desarrollo y crecimiento económico no destruyan las bases biofísicas del mismo), se han transformado en una variable ineludible de toda política contemporánea.

En este sentido, los 40 años de debate ambiental mundial que han transcurrido desde que este tema hiciera su estreno formal en la agenda pública mundial en la Conferencia sobre  el Medio Humano celebrada en Estocolmo en 1972 hasta la reciente Cumbre Mundial  sobre Medio Ambiente y Desarrollo sustentable o Río + 20 que se celebra en junio de 2012 en Río de Janeiro, demuestran que estamos frente a un fenómeno esencialmente político, así como ideológico.

Político, por qué si bien la denominada crisis ambiental global (destrucción de la capa de ozono, cambio climático, agotamiento de los recursos naturales, polución y contaminación de todo tipo, pérdida de la biodiversidad, problemas referidos al crecimiento demográfico acelerado), y/o la destrucción de medio ambiente hacen referencia a un fenómeno físico, este problema es generado por el ser humano, por lo que se tiende a señalar que la crisis ambiental, ya sea entendida como un todo o, por el contrario, hagamos alusión a cualquiera de sus variables de forma particular, es de causa antropogénica. O sea, cuando hablamos de problemas ambientales, estamos refiriéndonos a problemas generados por la sociedad y, por lo tanto, su solución sólo será posible por acción de la sociedad.

Ideológico, porque todo grupo y/o colectivo humano tiene un horizonte de sociedad deseable en la cual aspira vivir, y la ideología es la cartografía básica que nos permite definir el estado de situación en la que nos encontramos, determinar la distancia que tenemos respecto de nuestro horizonte de sociedad deseable de alcanzar y trazar las “rutas” que nos dirigirán hacia esta meta.

Si bien los daños al medio ambiente y los daños ecológicos no conocen fronteras, lo que los transforma en un problema global por excelencia, no vivimos en un mundo homogéneo ni igualitario, social, cultural, económica o políticamente hablando. Tampoco es igualitaria la generación de esta crisis ambiental global que hoy preocupa de manera creciente al mundo. Vale decir, si bien es cierto que el problema global es por causa del hombre no son todos los seres humanos ni todas las sociedades de este planeta quienes la han causado y/o quienes la están agudizando, así como tampoco las soluciones que algunos proponen apuntan a superar esta amenaza para todos por igual.

Más allá de la retórica ambiental políticamente correcta que hoy día brota sin distinción, estamos frente a un problema de poder donde las soluciones que se proponen responden, generalmente, a la imposición de determinados intereses de grupos, lo que finalmente se traducen en que la solución de algunos se basa en el sacrifico y a miseria de muchos.

En este sentido, cualquier política ambiental que se proponga para un país como Chile, debe partir de la base que la crisis ambiental la generaron los países ricos o Primer Mundo.

Todo esto ha llevado a una compleja situación en el tercer mundo, que crecientemente pierde soberanía sobre la gestión de su territorio, pero además tampoco puede superar un modelo de crecimiento económico basado en la explotación primaria de sus recursos naturales.

¿Cómo superar los problemas sociales acuciantes que se viven? ¿Cómo alcanzar una vida digna y plena para todos y no sólo para unos pocos privilegiados? ¿Sobre qué base económica construir un desarrollo sustentable ambientalmente? ¿Cómo pasar de una economía altamente contaminante y destructora del ambiente a una economía sustentable ambientalmente, sin morir en el intento?

Estas preguntas son las que deben responderse al momento de definir una política ambiental, sobre todo en países como el nuestro cuya economía orientada hacia el exterior se caracteriza por la venta de productos naturales con ningún o muy escaso valor agregado, y que además tiene fuentes energéticas crecientemente caras. Más allá de las modas de turno, una política ambiental seria está absolutamente supeditada al tipo de sociedad en la que se desea vivir, así como del camino que hay que recorrer para acercarse a ese “horizonte ideal”.

Si queremos una sociedad integrada, que priorice la calidad de vida de sus  habitantes y que agregue valor a la simple extracción y venta de nuestros recursos naturales, debe orientarse hacia estos objetivos las actuaciones de la institucionalidad ambiental.

Chile debe ser gestionado desde el territorio y su población, y es desde esa realidad que deben decidirse los usos sostenibles y alternativos de los recursos naturales, sus protecciones y potencialidades para el desarrollo del país.

El destino de los glaciares, de la Patagonia, del borde costero, de los ríos y lagos, de los ecosistemas, de las cuencas hidrográficas, de los recursos pesqueros y de los proyectos energéticos debe decidirse en las regiones y no en la burocracia obediente de las decisiones políticas de los que tienen poder.

Entonces, la conclusión es obvia: mientras más cerca de las personas concretas se toman las decisiones, más control. Eso es lo que queremos.

Océanos Azules

Mayo 2012

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